En el momento actual, con la acción de Enagás cotizando en niveles que el mercado asocia a una utility defensiva sin crecimiento, hay una pieza clave que muchos inversores retail pasan por alto: la compañía ya ha empezado a cambiar la calidad futura de su negocio, aunque todavía no se vea en la cuenta de resultados. La venta de su participación en Tallgrass Energy en julio de 2024 no fue una huida, sino un intercambio consciente entre dos tipos de activos muy distintos desde el punto de vista del valor a medio plazo.
Tallgrass representaba para Enagás un activo de infraestructuras energéticas en Estados Unidos, un mercado más competitivo, menos predecible y donde el retorno depende en mayor medida del ciclo económico, del coste de financiación y de decisiones comerciales. Aunque generaba ingresos, no era un negocio regulado bajo el modelo europeo de transportista, que es donde Enagás históricamente ha demostrado crear valor estable. Vender ese activo por 1.100 millones de dólares significó salir en un buen momento de precio y convertir un negocio con mayor incertidumbre futura en caja inmediata.
La pregunta relevante para un inversor value no es si Tallgrass era “bueno” o “malo”, sino qué sustituye Enagás con ese capital. Y aquí está el punto clave: el hidrógeno verde, tal y como se está diseñando en Europa, no es un negocio industrial volátil ni una apuesta tecnológica, sino una futura red regulada. Para una compañía como Enagás, eso marca toda la diferencia. El hidrógeno no compite en el mismo plano que el gas estadounidense; se parece mucho más a lo que ya sabe hacer: operar infraestructuras críticas con retornos visibles y bajo paraguas regulatorio.
Con el plan anunciado hasta 2030, Enagás prevé invertir 4.035 millones de euros, de los cuales la mayor parte se destina a hidrógeno renovable. Esto no implica que el hidrógeno vaya a sustituir al gas mañana, sino que empieza a construir una segunda red energética que, si se ejecuta como está planteado, tendrá barreras de entrada altas, apoyo institucional y un perfil de riesgo inferior al de muchas infraestructuras privadas. Para un value investor, esto es crucial: se trata de cambiar crecimiento incierto por opcionalidad regulada.
El ejemplo más claro es H2med. Este corredor está diseñado para conectar la Península Ibérica con el corazón industrial de Europa y transportar hidrógeno verde cuando la demanda industrial lo requiera. A diferencia de Tallgrass, donde el valor depende de volúmenes, tarifas y competencia, H2med aspira a convertirse en una autopista energética europea. Su capacidad máxima estimada, de hasta 2 millones de toneladas anuales, lo sitúa como una infraestructura estratégica, no como un proyecto marginal.
¿Por qué esto puede ser mejor que lo que Enagás tenía antes? Porque el hidrógeno europeo se construye con una lógica de largo plazo que reduce el riesgo de obsolescencia. Mientras que parte de la infraestructura de gas en mercados maduros puede verse presionada por la transición energética, las nuevas redes de hidrógeno nacen alineadas con esa transición. Es decir, no defienden el pasado, sino que están diseñadas para el nuevo mix energético. Para un inversor a 6 o 12 meses, lo relevante no es que el hidrógeno ya genere beneficios, sino que el mercado empiece a reconocer que estos activos tienen más vida útil futura que muchos de los que se han vendido.
Además, el calendario juega a favor del insight. La decisión final de inversión de los grandes proyectos de hidrógeno se espera en torno a 2027–2028. Eso significa que en los próximos trimestres el flujo de noticias será principalmente de hitos: ingeniería, financiación europea, estructuras societarias, permisos y validación regulatoria. Cada uno de esos pasos reduce incertidumbre y aumenta la probabilidad de que los flujos futuros existan. Históricamente, el mercado suele anticipar ese tipo de certezas antes de que aparezcan los ingresos.
Desde el punto de vista del valor, Enagás ha hecho algo poco habitual: ha vendido un activo que el mercado entendía y ha comprado tiempo y opcionalidad en uno que aún no sabe valorar. Hoy la acción refleja más la pérdida de Tallgrass que el potencial del hidrógeno. Para un inversor value, esa asimetría es precisamente donde aparecen las oportunidades: el precio descuenta un escenario conservador mientras la compañía trabaja en uno distinto.
En resumen, Enagás ha intercambiado una infraestructura madura, expuesta a ciclo y competencia, por una posición temprana en una red energética que puede convertirse en esencial para Europa. El hidrógeno verde no es “mejor” por moda o narrativa ESG, sino porque, en este caso concreto, se parece más al negocio que históricamente ha generado valor estable para la compañía. Si en los próximos 3, 6 o 12 meses el mercado empieza a reconocer esa diferencia, la percepción sobre Enagás puede cambiar mucho antes de que lo hagan sus cuentas. Y ahí es donde este movimiento, hoy poco entendido, puede empezar a pesar en la valoración.