Hay pocas compañías en el mundo donde una sola variable personal pueda medirse con tanta precisión en millones de ventas perdidas. Y hay todavía menos casos en los que, al mismo tiempo, un negocio de márgenes propios de una utility crezca en silencio dentro de una valoración que sigue anclada a una narrativa automotriz cada vez más frágil. Esa es hoy la paradoja central de Tesla: el vínculo marca-CEO, que durante una década fue una ventaja competitiva incuestionable, se ha convertido en un pasivo cuantificable, mientras que su división energética empieza a comportarse como el verdadero motor de rentabilidad sin recibir reconocimiento explícito del mercado.
El primer insight no es una percepción ni un debate reputacional abstracto. Es un dato. Un estudio académico de Yale ha cuantificado que entre 2022 y 2025 Tesla dejó de vender más de un millón de vehículos en Estados Unidos como consecuencia directa de las acciones políticas y públicas de su CEO, Elon Musk. La metodología no se apoya en encuestas de intención, sino en análisis por condados: tras la adquisición de X (antes Twitter), las ventas de Tesla cayeron de forma significativa en zonas con mayoría demócrata, mientras que el resto del mercado de vehículos eléctricos continuó creciendo. Es decir, no fue un problema de demanda sectorial, sino de rechazo específico a la marca.
Ese daño se refleja de forma consistente en múltiples capas de datos independientes. En el Axios Harris Poll, Tesla ha pasado del puesto número 8 en reputación corporativa en 2021 al 95 en 2025, un desplome de 87 posiciones que no tiene precedentes entre grandes compañías industriales. En Europa, el impacto es aún más visible: enero de 2025 cerró con una caída del 60% interanual de ventas en Alemania y del 45% en el conjunto del continente, en un contexto donde el mercado total de eléctricos crecía a doble dígito. A escala global, Tesla acumula una caída anual del 8,4% en 2025, segundo ejercicio consecutivo de contracción frente a un mercado EV que avanza alrededor del 25%.
Incluso la base instalada, tradicionalmente uno de los mayores activos de Tesla, empieza a mostrar grietas. El 31% de los propietarios actuales declara que considera vender su vehículo por las acciones públicas de Musk. Paralelamente, el movimiento “Tesla Takedown” ha pasado de la protesta digital a la acción física, con manifestaciones organizadas en Estados Unidos, Canadá, Europa y Australasia, y más de 500.000 dólares en daños documentados a concesionarios. La señal es clara: la crisis reputacional no solo existe, sino que se puede medir en unidades, euros y dólares.
Lo más relevante para el valor bursátil es que el mercado parece no estar descontando la persistencia de este fenómeno. Con un PER cercano a 288 veces, la valoración actual de Tesla exige un escenario de crecimiento excepcional y sostenido. Sin embargo, los fundamentales operativos cuentan otra historia: ROE del 6,4%, ROIC por debajo del WACC y un repunte de ventas en el tercer trimestre de 2025 del 7% explicado casi íntegramente por el crédito fiscal estadounidense de 7.500 dólares, que expiró el 30 de septiembre. No hubo recuperación de marca, solo un incentivo temporal. Asumir que el daño reputacional se diluye en el corto plazo es hoy una hipótesis sin respaldo empírico, y el riesgo de que el pasivo marca-CEO siga pesando durante los próximos 6 a 18 meses es elevado.
Y, sin embargo, aquí emerge el segundo insight que convierte a Tesla en un caso especialmente complejo para el inversor. Mientras el negocio automotriz se enfrenta a vientos en contra estructurales, la división de energía está entrando en un punto de inflexión silencioso. Tesla Energy ya no es un segmento accesorio: en el segundo trimestre de 2025 aportó el 23% del beneficio total con apenas el 13% de los ingresos. Su margen bruto del 31,4% más que duplica el 14,6% del negocio de automoción, una diferencia de 16,8 puntos porcentuales que raramente se observa dentro de una misma compañía industrial.
El crecimiento operativo respalda esa rentabilidad. En 2025, el despliegue de almacenamiento energético alcanzará 46,7 GWh, un 48,7% más que los 31,4 GWh de 2024. La capacidad manufacturera está en plena expansión: de 40 GWh anuales se pasará a 133 GWh con la plena operatividad de la planta de Houston, con otros 50 GWh adicionales previstos para 2026. El perfil del negocio es cada vez más similar al de una utility moderna: demanda estructural, contratos de largo plazo, crecimiento predecible y márgenes elevados.
La paradoja es que este activo de alta calidad está “atrapado” dentro de una valoración agregada dominada por la volatilidad del negocio automotriz y por la narrativa en torno a su CEO. Implícitamente, el mercado asigna a Tesla Energy un múltiplo de apenas 8-10 veces beneficios, muy por debajo de los 20-25 veces a los que cotizan comparables puros de almacenamiento energético. Para un inversor que busca exposición a la transición energética, hoy ese negocio de márgenes del 31% viene incluido, sin prima específica, dentro de un PER automotriz de 288x.
El equilibrio de fuerzas que define el valor de Tesla en los próximos trimestres es, por tanto, profundamente asimétrico. Por un lado, un pasivo reputacional cuantificado, con alta probabilidad de persistencia y con impacto directo en ventas y percepción de marca. Por otro, un negocio energético que crece cerca del 50% anual y que podría justificar por sí solo una lectura muy distinta del conjunto si el mercado comenzara a valorarlo de forma independiente. Entre ambos extremos se juega la narrativa bursátil de Tesla a 3, 6 y 12 meses. Y lo que hoy resulta más llamativo no es tanto la magnitud de cada insight por separado, sino el hecho de que convivan dentro de la misma compañía sin que el mercado haya resuelto todavía cuál de los dos terminará imponiéndose.